Volvemos de dar un paseo por el campo. Desde lo alto de la meseta, puede verse el humo que asciende entre las chimeneas de las casas. Está anocheciendo y nuestro propósito es llegar a casa lo más rápido posible. Todo el aire que sopla del norte, está cargado de incertidumbre y su sonido está rodeado por el misterio. Sin darnos cuenta nuestros perros han salido corriendo y en un espacio muy pequeño de tiempo, nos vemos rodeados por una manada de lobos. Los tres nos quedamos paralizados y ateridos a un frío intenso. Los lobos nos miran y enseñan los dientes, pero comprendemos enseguida que no quieren atacarnos. En ese pequeño recorrido donde todo se detiene, un agujero se abre desde el centro de la tierra, surgiendo del núcleo, la lava solidificada y el hierro. Aparece también un ser lleno de resentimiento, con una mirada vacía que lo explica. En sus brazos sostiene un bebé, nos mira por segunda vez y vuelve a sumergirse en las entrañas de la tierra. Se lleva consigo al pequeño y a la manada de Lobos.
Despierto con miedo. Confundido miro al techo pudiendo observar el reflejo de las llamas de la chimenea. Me incorporo del saco de dormir y vierto mis sueños al fuego mientras lío un cigarrillo para calmar esta incertidumbre que ahora me arropa.
Pienso que algo ha cambiado para siempre. No puedo intuir el significado, pero algo ha interferido en mi vida. Los lobos, ese misterioso ser, el bebé. Vuelvo a tumbarme, intentando descifrar el contenido de la vida, los sueños y el interior de la tierra.
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