La araña trepa por las cortinas de su flequillo. La luna dormita sobre las hojas de una encina situada en solitario sobre el manto amarillo que baña los campos. Resbalan por su cara tintes rojos que transcurren por el tronco, tiñendo los pies del hombre. Un escalofrío recorre su cuerpo. El sudor empaña su frente, mientras sostiene un cuchillo entre sus manos.
Se escuchan las voces que surgen desde las últimas casas del pueblo. Gritan su nombre entre las calles. Todos siguen sus pasos. Entre la oscuridad surge el canto del gallo que vierte su aliento en el vaso.
El río corre agazapado entre los cantos rodados. No sorprenderá a los amantes desnudos en las alamedas, solamente quiere esconderse para recordar la ternura olvidada antes de verse estrangulado en el espejo por el que tendió el amor con un hierro ardiente.
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